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Betsabé Espinal, la paisa detrás de la primera huelga en Colombia

Cuando el hijo de la choza, don Marco Fidel Suárez, fue presidente de Colombia (1918-1921) en su natal Bello, una mujer descalza, de quien parece haberse borrado toda huella, enfrentó y doblegó al capitalismo industrial naciente en el país y las normas de una sociedad moralista, machista y conventual, que consideraba a la mujer un ser inferior, indigno, incluso, de usar zapatos.

Sobre un taburete, en el centro de 400 obreras textileras, el 11 de febrero de 1920, en la portería de la Compañía Colombiana de Tejidos de Bello (hoy Fabricato), esa mujer, Betsabé Espinal, de 23 años, sin más apellidos, lanzó una proclama que marcó el despertar de la lucha por la defensa de los derechos de la mujer.

Su voz exigía respeto a la dignidad femenina, denunciaba la persecución laboral, los bajos salarios, la discriminación, los tratos humillantes, el acoso sexual (…) Y, en tono de advertencia a Dios, la sociedad, la Iglesia y al propietario de la empresa, la más grande industria textil del país, anunciaba que se levantaban en huelga por el “sentido histórico y justo de sus peticiones”.

Sin terminar sus palabras, el sacerdote de Nuestra Señora del Rosario de Bello, Luis M. Peláez, apareció para increparla y pedirles a las obreras que detuvieran la locura, que ingresaran a la planta, que Dios acechaba.

 

La estatura y belleza natural de Betsabé la hacían destacar entre las demás; su temple, tenacidad y enorme capacidad de argumentación, le daban una autoridad que todos respetaban. Escuchó el sermón del religioso y luego, con frases cortas y certeras, insistió en sus demandas a la empresa y a la sociedad. Sus compañeras pensaron que la inspiraba el Espíritu Santo.

Un grupo de policías, enviado al lugar para proteger la empresa de posibles ataques, puso sus carabinas en el piso para aplaudirla.

Empezaba así la primera huelga, declarada como tal, en la historia de Colombia. Para sorpresa, se trataba de una “huelga de señoritas”, como la calificó la prensa entonces.

Entre 1920 y 1921, los registros sindicales dicen que en el país hubo 33 paros de trabajadores, pero eran movimientos sin mayor orden, algunos de ellos violentos porque el sindicalismo apenas despertaba en Colombia y América.

Bello romántico

Para los albores del siglo XX Bello era un hermoso huerto, un jardín del Edén, en cuyas tierras primaverales, bañadas por las aguas que bajaban del cielo de sus montañas, se levantaban portentosas mansiones campestres, estilo europeo, propiedad de los señores que tenían sus casas en el Parque de Berrío, lugar privilegiado del poder en la capital.

La población apenas pasaba de los diez mil habitantes. Estos se dispersaban por el territorio como servidumbre de la aristocracia local y jornaleros de los hatos ganaderos y los cultivos de caña de azúcar. Era común ver a los señores de la tierra moviéndose en carruajes victorianos, tirados por caballos percherones, con cochero y lacayo, vestidos de librea.

Pero el mundo para la mayoría de bellanitas era amargo y distinto. Se trataba de seres humildes, descalzos, analfabetas; muchos de ellos huérfanos, desplazados y herederos de las desgracias de la Guerra de los Mil Días, una confrontación irregular entre liberales y conservadores históricos, que inauguró el siglo XX con 100.000 muertos y una nación devastada.

Nace la industria textil

En 1904, don Emilio Restrepo Callejas, miembro de una de las familias forjadoras de Antioquia la grande, concejal de Medellín y latifundista, inauguró la Fábrica de Tejidos de Bello. Luego de superar algunas dificultades la factoría entró en operación en 1908.

Desde sus inicios, como sucedió en la Europa de la Revolución Industrial, la fábrica empleaba mujeres solteras, niños y niñas desde los 12 años. Estos se trepaban en bancos de madera para operar los telares. La máxima aspiración de la infancia obrera era ahorrar monedas para comprar el vestido de la Primera Comunión.

Siempre en condiciones de inferioridad, el mundo laboral de la mujer se extendía a las trilladoras de café, las fábricas de cigarrillos y otros oficios en la naciente industria nacional. Para la segunda década del siglo XX, la mujer representaba el 75% de la fuerza obrera. El 85 % de ese porcentaje eran jóvenes solteras porque la Iglesia Católica prohibía que las mujeres casadas trabajaran. Lo suyo era el sagrado oficio de levantar a los hijos y atender al esposo.

Al estallar la huelga, en la fábrica de don Emilio trabajaban 400 mujeres y 110 hombres, ellas en total desventaja frente a los varones, dice Carlos Enrique Uribe Restrepo, investigador social, historiador y vigía del patrimonio histórico bellanita.

Apasionado por la figura y la gesta de Betsabé, ha rastreado, detrás de su historia todo aquello que tiene que ver con el Bello de la época.

Esta labor le ha dado para escribir dos libros sobre ella y el mundo que habitó. El primero, en compañía de Janeth del Pilar Martínez, titulado Betsabé Espinal la mujer natural. El segundo será lanzado este 11 de febrero, al cumplirse los 100 años de su proclama en Sindelhato, Bello.

De la líder obrera descubrió que fue hija natural de Celsa Julia Espinal, sin padre conocido; bautizada el 9 de diciembre de 1896, en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, que vivió y pasó su infancia en una casa campesina bellanita, eternizada en una acuarela de su coterráneo el artista Mario Delgado; que la pobreza convirtió a su madre Celsa, a quien dedicó su vida, en un ser ausente, aquejada por trastornos mentales por hambre, mal diagnosticado por el médico Carlos Uribe Cala.

De la formación intelectual y la vida de Betsabé antes y después de la huelga poco se sabe. Esto se convierte en un desafío para los amantes de la historia, el teatro, el sindicalismo y la literatura, que por una u otra razón descubren su figura. La escritora Ángela Becerra ganó el Premio Internacional de Novela Fernando Lara 2019, con el libro Algún día hoy. En este narra la vida de una niña bastarda. “Betsabé, con solo 23 años se convierte en la heroína de una de las primeras huelgas femeninas de la historia”, dice.

Estalla la huelga

Las condiciones laborales de las obreras bellanitas eran vergonzosas. Dependiendo de su oficio, su salario oscilaba entre $0,40 y $1,0 a la semana, en horarios de 6:00 a.m. a 6:00 p.m., y media hora para almorzar. Por el mismo oficio, los hombres ganaban entre $1,0 y $2,70.

El sueldo de las obreras sufría recortes por llegar tarde, enfermarse sin avisar, pararse para ir al baño, dañar una lanzadera, distraerse…

En el pliego aparecen denuncias contra el trato desobligante de supervisores y recortes salariales por negarse a sus pretensiones sexuales.

Por esto fue denunciado el supervisor Manuel Velásquez, acusado, además, del despido de cinco obreras que se negaron a sus acosos sexuales y de que una de ellas fuera internada en la “Casa de las Arrepentidas”, lugar donde expiaban su culpa las mujeres “violadas y deshonradas”. A otros dos administradores, Jesús Monsalve y Teódulo Velásquez, se les señaló de maltrato laboral.

Y la hora cero llegó. A las 8:00 a.m., cuando el personal iba a retornar a sus puestos de trabajo, Betsabé se trepó a un taburete e inició su proclama: “Compañeras muchachas, nos declaramos en huelga, porque nos oponemos a que siga existiendo acoso sexual, no estamos de acuerdo con seguir trabajando descalzas, necesitamos que nos permitan llegar calzadas, necesitamos que el oprobioso sistema de multas se suspenda y que se nos aumente tanto el ingreso económico de salarios, como los horarios de desayuno y almuerzo”.

Ninguna obrera entró a los salones. Los hombres se acobardaron y desacataron la orden. Uno a uno, algunos cabeza gacha, marcharon hacia sus puestos de trabajo.

Betsabé levantó su voz y las mujeres empezaron a silbarles, lanzarles improperios y pedirles que se pusieran las faldas y les dejaran a ellas los pantalones.

Don Emilio perdía el poder sobre sus obreras y la Iglesia Católica veía hacer agua su misión en los patronatos, programa del paternalismo cristiano, financiado por las empresas y orientado por monjas. Estos sitios eran la residencia de obreras solteras para educarlas en la fe, la moral cristiana y alejarlas de las ideas del demonio socialista, de la revolución Bolchevique rusa, que recorría el mundo.

En el segundo día de paro solo unos cuantos hombres ingresaron a trabajar, la fábrica cesó su producción por falta de mano de obra.

Solidaridad con obreras

Dos días después de estallar el movimiento, el comité de paro del que hacían parte, entre otras, Teresa Tamayo, Adelina González, Carmen Agudelo, Teresa Piedrahíta y Matilde Montoya, liderado por Betsabé, viajó a Medellín en el tren que salía a las 9:00 a. m., en busca de solidaridad.

Visitaron los periódicos El Espectador, Liberal, El Luchador, Correo Liberal, Socialista y el Sol. Luego entraron a la Gobernación para enterar al primer mandatario Pedro Nel Ospina de la situación.

Los medios se apersonaron del paro y la solidaridad se desbordó a su favor. “No tenemos ahorros para sostener esta huelga, solo tenemos nuestro carácter, nuestro orgullo, nuestra voluntad y nuestra energía”, destacaron algunos diarios de las declaraciones de Betsabé.

El peso intelectual de esta mujer descalza sorprendió a los reporteros. Un periodista de El Espectador, quien se firmaba como el “Curioso impertinente”, en el estilo particular de los periódicos de la época, narró: “Honor a esos cientos de jovencitas que han tenido la locura galante y fértil de confrontar la resistencia y furia del capital, sin más equipaje que una buena porción de rebelión y dignidad… Cómo no secundarlas si son heraldos de una provechosa transformación social”. Otros la llamaron la “Juana de Arco criolla”, “la libertaria”, “la nueva mujer”, “el heraldo femenino”…

En un análisis del ambiente que se vivía en el escenario de la huelga en Bello la prensa narraba: “se ven cuadros pintorescos de grandes grupos de obreras y obreros que cantan, bailan, juegan, dan vivas a la huelga, mientras los policías que los vigilan están tan desocupados como ellos”.

La huelga alcanzó dimensión nacional. El presidente don Marco Fidel Suárez expresó su preocupación por la situación que vivía la más “grande e insigne empresa del país”; mientras que el expresidente Carlos E. Restrepo, primo hermano de don Emilio, en una elocuente carta, les da la razón a las mujeres: “Bastante numerosas me parecen las horas de trabajo asignadas a las obreras de Bello y demasiado rígidas las condiciones en que lo hacen, especialmente si se mira el trabajo de las mujeres y los niños y las malas condiciones fisiológicas de los trabajadores. Creo que ese camino, si se extrema, trae anarquismo como consecuencia forzada y de ellos son los contratos de huelga que usted habla y que empiezan con nuestra primera fábrica”.

Los periódicos El Espectador y El Correo Liberal iniciaron una campaña para recoger víveres en Medellín y sostener el movimiento. Cientos de personas respondieron al llamado y los estudiantes de la Facultad de Medicina de la U. de A., acudieron para atenderlas.

Luego de 21 días de huelga, gracias a la mediación presidencial, del gobernador Ospina, el arzobispo de Medellín, Manuel José Caicedo y líderes empresariales, se logró un acuerdo. Las obreras recibirían un aumento del 40 % en salario, la jornada laboral bajaba a 10 horas, subía el tiempo para almorzar, las obreras podrían usar zapatos en la fábrica, igual que los hombres, y fueron despedidos, de manera “fulminante”, el acosador Velásquez y los dos administradores.

Para la firma del pacto, Betsabé y otras delegadas obreras, viajaron a las oficinas de la empresa en Medellín con los pasajes pagos por don Emilio. Cuando descendían del tren en la estación Cisneros, para su sorpresa, se encontraron con una multitud, calculada en 3.000 personas, que las aplaudía, les lanzaba flores y en un frenesí de espanto llevaron cargada a Betsabé hasta la oficina de don Emilio.

La multitud no se movió de la calle hasta ver salir a Betsabé y sus compañeras con el acuerdo firmado. Entre la muchedumbre, de nuevo sobre un taburete, Betsabé pronunció otro discurso memorable. Al terminar estalló el júbilo, hubo pólvora, le impusieron una corona de laureles y la volvieron a cargar. Un joven levantó una bandera roja y gritó “viva la revolución”, narran los medios que cubrieron el acontecimiento.

Historia borrada

Terminada la huelga, Betsabé volvió al anonimato que caracterizó su infancia y adolescencia. Se dice que dejó la fábrica para trabajar en Medellín donde vivió, cerca del Centro, con Paulina González, una amiga.

Diez años después de la huelga, el periódico conservador La Defensa, en una noticia escueta, dio cuenta de su muerte, electrocutada, cuando trató de reparar un cable de la energía que había caído a la calle y que nadie se atrevía a tocar. Sucedió cerca de su casa. Fue trasladada con vida a un hospital donde todo esfuerzo médico resultó infructuoso.

En Alicante, España, escenario del lanzamiento de la novela de Ángela Becerra, el dueño de un viñedo, enamorado de la historia de la obrera descalza, etiquetó uno de los vinos de su creación con el nombre de Bello y una imagen de la capilla de Hato Viejo.

En su libro Algún día hoy, Becerra la despide con una intensa narración de amor y flores poéticas. Su tumba fue sellada en 1932. Solo unas cuantas personas la acompañaron a su morada final. Un mes después las campanas de la iglesias de Medellín y Bello doblaron a duelo. Anunciaban la muerte de don Emilio Restrepo Callejas, su sepelio fue masivo. Antioquia despedía a uno de sus grandes padres.

Fuente: Diario El Colombiano

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