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Barranquilla no será la sede de los Juegos Panamericanos. Esta noticia preocupó a muchos, pero ¿qué tan mala es esta pérdida? y ¿cuál es la relación de Colombia con el deporte?

Alejandro Villanueva*

La cancelación de los juegos

La noticia sobre la pérdida o no asignación de los juegos panamericanos Barranquilla 2027 ha causado todo tipo de lecturas, opiniones, acercamientos y reflexiones. En un comunicado confuso, la ministra del Deporte, Astrid Viviana Rodríguez, le anunció al país la definitiva cancelación de los Juegos Panamericanos Barranquilla 2027.

Las razones de esta noticia negativa para el deporte, la infraestructura y la economía de la capital del Atlántico fueron dos: la primera es que se había presentado un inconveniente relacionado con la transferencia de varios millones de dólares a la firma internacional PanamSports, por parte del ministerio del Deporte, y la segunda es que esta situación era ajena a los alcances o responsabilidades del actual gabinete.

Esta situación ha tenido repercusiones en las realidades políticas de la región caribe y en el plano nacional, desde luego para aquellos ciudadanos que se consideran cercanos al deporte, entendido este como un proyecto de fortalecimiento de las identidades o representaciones del orden local, regional, nacional y global.

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El deporte en Colombia

Según David Quitián, el deporte en Colombia ha estado de la mano con el desarrollo y la construcción de una idea de nación moderna desde las primeras décadas del siglo XX. Esta concepción nos lleva a pensar que las prácticas deportivas y el desarrollo del deporte asociado y federado han estado acompañando la historia del país.

Para la década de 1930 se construyeron en Bogotá dos estadios con la intención de practicar deportes como el fútbol, el ciclismo y el atletismo. Los Juegos Bolivarianos de 1938 reforzaron la afición deportiva de la ciudad de Bogotá y del país. Posteriormente, en la década de los 70, se refundó esta misma idea de la nación asociada con el deporte con la celebración de los Juegos Panamericanos en Santiago de Cali. Estos dos eventos contribuyeron de manera significativa al desarrollo económico, cultural, deportivo y estructural de nuestro país.

Sin embargo, ha sido habitual que estas ganancias sean asimétricas, siempre a favor de los grandes entes del deporte mundial, como el Comité Olímpico Internacional y sus respectivos circuitos de clasificación, y la FIFA.

Foto: Facebook: Alcaldía de Barranquilla – Además de la inversión de más de ocho millones de dólares de la licencia deportiva, se deberá invertir en la construcción de infraestructura en tiempo récord.

La renuncia del gobierno colombiano a la realización del Campeonato Mundial de Fútbol de 1986 es otro antecedente. Esta decisión, inédita para la época, se basó en que Colombia   no tenía los recursos suficientes para construir la infraestructura deportiva que exigía la FIFA y, como si fuera poco, había un atraso grande en la construcción de hospitales, escuelas, vías de comunicación e infraestructura de servicios públicos.

La historia demostró que Colombia no realizó la Copa Mundial del 86, pero tampoco se construyeron las escuelas, los hospitales y la dotación que se había prometido. Esta oportunidad la aprovechó México, país que organizaría tal vez uno de los mundiales de fútbol con mayor calidad deportiva de todo el siglo XX.

Sobre este fracaso se ha dicho mucho, sin embargo, se debe destacar que nuestro país ha

venido atravesando por distintas crisis de toda índole y aun así ha buscado construir la idea que el deporte despierta los mejores sentimientos de la sociedad.

También es cierto que, en los últimos 50 años, el fenómeno deportivo no ha escapado a escándalos de corrupción, dudas sobre el juego limpio, movimientos turbios en la construcción de los escenarios deportivos y hasta vínculos con el narcotráfico, alejando de la ética al deporte nacional.

Por otra parte, en 1968 la creación del Instituto Colombiano del Deporte (Coldeportes) dejó claro que este era un asunto fundamental para el gobierno nacional, idea que se fortaleció mucho más durante el segundo gobierno de Juan Manuel Santos, quien dejó listas las bases para la construcción de un sentido y necesitado ministerio del Deporte. El primer jefe de cartera fue Ernesto Lucena, quien logró armonizar el proceso de formación de un nuevo Ministerio, el cual, por primera vez, tendría recursos económicos abundantes para atender las necesidades del pueblo colombiano en esta materia.

Durante la campaña del actual presidente, Gustavo Petro, se destacó que en el gobierno del cambio un o una deportista de alto rendimiento sería quien ostentara la cabeza de esta cartera, por lo cual se designó como ministra del Deporte a María Isabel Urrutia, primera medallista de oro para Colombia.

Posteriormente se designó a la licenciada en Educación Física y docente universitaria Astrid Bibiana Rodríguez, quien hasta este momento no se sabe si seguirá como cabeza de este ministerio.

Es importante destacar que en el mundo deportivo confluyen de manera muy particular los profundos conocimientos de las disciplinas deportivas, ideas o posiciones de orden político e idoneidad en el ámbito de la administración pública. Desde luego, el dominio de estos elementos, de manera integrada e interdisciplinaria, no ha sido la constante en las últimas dos cabezas de cartera.

Deporte vs dinero

Desde hace varias décadas el deporte federado en el mundo ha logrado sortear serios desafíos en la celebración de grandes eventos deportivos.

El capitalismo más despiadado ha incidido en el mundo del deporte. Justamente en ese ámbito, clubes, ligas, federaciones y asociaciones deportivas hacen de los eventos deportivos verdaderos ejercicios de mercadeo donde confluyen las aficiones, la política, los medios de comunicación y las grandes inversiones económicas que garantizan el desarrollo de los países.

Sin embargo, la celebración de este tipo de eventos no garantiza la tan anhelada realización económica, crecimiento industrial o comercial en los territorios anfitriones.

Basta con algunos ejemplos. En 2004 Grecia llevó a cabo los Juegos Olímpicos catalogados como uno de los encuentros deportivos más fastuosos y exitosos de los últimos 30 años. Sin embargo, el honor le costó al país una deuda de cientos de millones de euros con la Unión Europea. Deuda que no pudo ser pagada y que causó una de las peores crisis económicas y sociales que haya experimentado este país.

Tampoco pueden olvidarse las intensas protestas en Brasil durante 2014, pues ciudades como Río de Janeiro o São Paulo y las enormes deudas que otras contrajeron para organizar tres megaeventos deportivos: la Copa Confederaciones, la Copa Mundial de la FIFA y los Juegos Olímpicos.

Estos ejemplos muestran la tendencia al aumento en las exigencias de infraestructura, derechos comerciales, y medios de transmisión y comunicación bajo el supuesto de ganancias compartidas. Sin embargo, ha sido habitual que estas ganancias sean asimétricas, siempre a favor de los grandes entes del deporte mundial, como el Comité Olímpico Internacional y sus respectivos circuitos de clasificación, y la FIFA.

Barranquilla 2027: ¿una puerta al deporte?

Más allá del escándalo mediático en el que PanamSports manifiesta que ya no le asignará a Barranquilla la organización y celebración de los Juegos Panamericanos 2027, es importante preguntarse por los costos económicos exigidos a la ciudad anfitriona, pero especialmente a toda la economía colombiana.

ni las élites políticas del país, ni los medios masivos y hegemónicos de comunicación, ni mucho menos los empresarios del deporte y de infraestructura han explicado con claridad cuáles serán los resultados y las consecuencias económicas a largo plazo de una inversión tan alta en un país y en una región Caribe que también necesita una mirada sobre otras dimensiones de su desarrollo.

Las cifras de inversión en infraestructura deportiva son de cientos de millones de dólares en una ciudad o en una región que ha venido haciendo un esfuerzo por igualar su infraestructura física, saneamiento básico y vías de comunicación con otras ciudades como Bogotá, Medellín o Cali.

La inversión no solo es el pago de una licencia de más de ocho millones de dólares a una firma deportiva, sino que también es la construcción de una infraestructura física y dotacional en tiempo récord con un dinero que no se sabe de dónde saldrá.

Se argumenta que la celebración ayudará a mejora la economía informal, la creación temporal de miles de empleos y que Colombia y la región Caribe mejorarán su imagen internacional y su prestigio deportivo.

Sin embargo, ni las élites políticas del país, ni los medios masivos y hegemónicos de comunicación, ni mucho menos los empresarios del deporte y de infraestructura han explicado con claridad cuáles serán los resultados y las consecuencias económicas a largo plazo de una inversión tan alta en un país y en una región Caribe que también necesita una mirada sobre otras dimensiones de su desarrollo.

Una noble misión

Las justas deportivas de distinta índole han tenido como objetivo sublimar las guerras o

conflictos entre pueblos, comunidades y naciones. Bajo esta noble misión, el Comité Olímpico Internacional, la FIFA y otras asociaciones y federaciones periódicamente han celebrado estos encuentros deportivos, los cuales paulatinamente han traído más mayor atención del público a nivel mundial.

Sin embargo, estos nobles ideales no siempre deben estar permeados bajo las lógicas económicas, maximizando y concentrando ganancias mercantiles, las cuales se quedan en las cuentas de banco de algunos funcionarios y entidades suficientemente cuestionadas, y por otro lado se observan las pérdidas en los países, sociedades y economías receptoras de estos mega eventos deportivos.

Vale la pena cuestionarse sobre las consecuencias negativas de la realización de justas deportivas en países como Brasil, Chile, Grecia y Sudáfrica, y cómo han logrado superar las secuelas de estas grandes deudas, que evidentemente no se sufragaron con los frutos de la economía informal ni del marketing deportivo.

Fuente: Diario Razón Pública.