Por Favio Enrique Romero Ordoñez, Ex-docente de la Facultad de Ciencias Económicas, Administrativas y Contables de la Universidad Libre.
Desde el chofer de taxi hasta el ejecutivo de empresa, el fútbol es el lenguaje común que borra las diferencias entre las clases sociales. Lejos de ser desdeñado en América Latina, incluso los intelectuales lo toman muy en serio.
América Latina está completamente fanatizada por el fútbol. Para todo el mundo el balón fascina por sus virtudes lúdicas o las emociones que produce. En esta parte del globo, la cosa va más lejos:”Aquí, cuenta Fabio Poveda, famoso comentarista del fútbol colombiano, la importancia del esférico se explica por la posibilidad de victorias que se pueden ofrecer a la población, habituada a los fracasos personales. Ésta es, también, una de las pocas posibilidades de promoción social”. No es un azar que los tres más grandes de la historia del fútbol son latinoamericanos: el brasileño Pelé y los argentinos Maradona y Messi.
Se pueden multiplicar los ejemplos ligados al fútbol donde en América Latina se distingue de la suerte. Montevideo no es más poblada que Marsella. Pero la capital del Uruguay cuenta con más de quince clubes y mil jugadores profesionales. En 1934, la primera emisión radiodifundida en directo desde Europa hacia América Latina fue un partido de fútbol de la copa del mundo disputada en Italia.
En 1969, luego de un encuentro entre las selecciones nacionales, El Salvador y Honduras se enfrentaron en un sangriento conflicto armado. Este dramático episodio se saldó con un duro balance (docenas de muertos) y sigue siendo conocido en los libros con el nombre de “La Guerra del Fútbol”.
Los 70 mil habitantes del Cerro de Pasco, ciudad minera del Perú, en la cordillera de los Andes, no dispone ni de agua caliente, ni de televisión. Pero desde hace tres docenas de años, aplaude un equipo de fútbol de primera división. A 4300m de altura, la ausencia de oxígeno hace los partidos casi inhumanos, pero los mineros amenazan con huelga si se les priva de su pasión. A mediados de los 90, James Cheek, fue designado embajador de los Estados Unidos en Buenos Aires; deseoso de ganarse la simpatía de los pobladores locales, se convierte en un hincha de San Lorenzo, el equipo de un barrio pobre.
En 1994, después de haber hecho un autogol frente a Estados Unidos durante la Copa del Mundo, Andrés Escobar, defensa de la selección Colombia es asesinado a la salida de un restaurante de Medellín. Seis balas en el cuerpo.
También en 1994, en Brasil, César Masci, presidente de Belo Horizonte, pierde su puesto de diputado de Mina Gerais, porque tuvo la mala idea, cuarenta días antes de las elecciones de traspasar al crack Ronaldinho al PSV Eindhoven de Holanda. En Octubre de 1997, el parlamento chileno anuló una sesión de voto por falta de quórum, debido a una fiebre contagiosa en la víspera de un partido importante entre Chile y Perú; una buena parte de los diputados se había ido a jugar fútbol.
Esta verdadera mística del esférico no se puede comprender fuera del contexto social latinoamericano. No importa qué niño de Rio, Barranquilla o Buenos Aires se identifique con un crack sureño, con jugar sobre las huellas del brasileño Ronaldinho (PSV Eindhoven, Barcelona, Inter de Milán, Gremio), del colombiano Falcao (River Plate, Atlético de Madrid, Mónaco) o del argentino Lionel Messi (Barcelona); todos surgidos de medios muy modestos y hoy día multimillonarios. “EL fútbol subraya, el sociológo brasileño Roberto Pompeu de Toledo, es uno de los más raros dominios donde el Brasil le ha tendido la mano al Brasil, el Jacareciño de Palo Grande o de Tres Corazones”, las favelas de donde provinieron Romario, Pelé o Garrincha.
Cada uno de los 600 millones de habitantes de América Latina es hincha de su selección nacional y a nivel local, por lo menos simpatizante de un equipo. El club se escoge en función de criterios muy diversos. Se adopta por el equipo del barrio, de su clase social (en Sao Paulo, el Sao Paulo FC, es de la clase social alta) o con otro aspecto, por su comunidad étnica (Deportivo Español en Argentina, o el Audax Italiano en Chile). Pero, lo más frecuente, la escogencia se hace por herencia. Un gran número de padres de familia inscriben a sus futuros retoños en el seno de un club, mucho antes de su nacimiento, por temor que un tardío libre albedrío los empuje hacia otra institución. Cualquier suramericano le dirá:” Se puede cambiar de religión, de partido político, de profesión o de esposa, pero jamás el color de la camiseta. El club es para toda la vida, gane o pierda. El club es un sentimiento”.
No es fácil vivir al margen de una pasión colectiva de esta talla. Quien no confiese la preferencia por ningún equipo, pasa por un perdido, un snob o un solitario eterno.
Hombre o Mujer se expone a aburrirse con seguridad en las reuniones sociales, cuando la conversación se desarrolla hasta el infinito sobre el próximo clásico: Boca vs. River (Buenos Aires), Flamengo vs. Fluminense (Rio), Peñarol vs. Nacional (Montevideo), Colo Colo vs. Universidad de Chile (Santiago), Santa fe vs. Millonarios (Bogotá), o cuando se pasa la revista histórica del fútbol, los estilos de los equipos, los conceptos de los entrenadores y las anécdotas sabrosas. Víctor Hugo Morales, un radio reportero, es una de las más célebres voces de América. Uruguayo, ejerce su profesión en Argentina, donde gana más dinero que los mejores futbolistas, sus largos gritos de gooooooool, sus narraciones épicas, sus comentarios cargados de metáforas poéticas, se escapan por las ventanas, se meten en los taxis y los buses, recorren las calles de Buenos Aires, acompañan al público a los estadios o se instalan sobre los espacios verdes en los paseos dominicales.
El fútbol, explica Víctor Hugo, es el único tema común de conversación para todos. ¿De qué puede hablar un patrón y su empleado, un arquitecto y un obrero, dos desconocidos al azar, en un encuentro para romper el hielo y establecer espontáneamente comunicación? Únicamente del balón.
Un Motivo de Orgullo
La forma de hablar de fútbol marca también una gran diferencia entre América Latina y el resto del mundo. Enrique Pichón Riviere, el padre de la sociología social en Argentina, consideraba hace ya 50 años:”el fútbol es una estructura, un universo con sus propias categorías de conocimiento en las que están presentes la política, la economía, la filosofía, la lógica, la psicología (particularmente en su dimensión social), la ética, la estética”. Cuando hablan de fútbol los latinoamericanos, hablan en el fondo de todo lo que tocan a sus vidas. “En Sao Paulo, explica el ex jugador brasileño Socrates, se ha observado que después de una pérdida de la selección, la producción en las fábricas baja singularmente”.
En las riveras del Río de la Plata, se quiere hacer ver que el juego importado por los ingleses a mediados del siglo anterior, ha sido reinventado aquí. La garra, el fuego sagrado de los irreductibles indios Charrúas, permitió a los uruguayos ganarse dos Copas del Mundo (1930 y 1950); el Brasil detenta el record de victorias en esta lucha (cinco), gracias a su “fútbol samba”.
Y las gestas de los argentinos, dos veces campeones del mundo, evocan el Tango. La confrontación de América del Sur (9 victorias) frente a Europa (10 victorias), tiene su importancia. “Para Brasil, Argentina y Uruguay, marcados por el subdesarrollo, participar en una Copa del Mundo, permite medirse a otras culturas”, estimaba Pichón Rieviere. “Ganar significa integrar el bloque de los países desarrollados”.
Cuando las crisis económicas, los golpes de Estado, y la corrupción atentan contra la moral, se acude al fútbol, último motivo de orgullo. Y cuando el fútbol decepciona, uno puede incluso suicidarse, como una docena de hinchas del Brasil lo hicieron cuando su selección perdió en Rio contra el Uruguay en la final de la Copa del Mundo en 1950.
El mínimo dibling, el mínimo pase, puede tener un alcance insospechable: el estilo de juego es una cuestión política. El cineasta peruano Francisco Lombardi, intelectual progresista y presidente del Sporting Cristal, cuenta que él ha impuesto al interior de su equipo, la prioridad de un juego espectacular, sean cuales fueran los resultados, “a fin de respetar la identidad de los jugadores de nuestro país”.
Francisco “Pacho” Maturana, ex director técnico colombiano, reivindica la emancipación del fútbol latino. “Después de haber sufrido por mucho tiempo el influjo de entrenadores extranjeros que ahogaban la creatividad natural de nuestros jugadores, el fútbol colombiano se emancipó y comenzó a obtener resultados apoyándose en la principal características de sus actores: la fantasía. En otros tiempos, la primera cosa que un entrenador pedía a un futbolista era bailar cumbia o salsa. Si el jugador tenía ritmo en la sangre, tenía futuro”.
César Luis Menoti, director técnico de la selección argentina en 1978, no duda en hablar de un “fútbol de izquierda”. “Yo refuto las consignas privadas de libertad como la marca individual, que limita las posibilidades de expresión, de participación, y la responsabilidad del individuo”. “Con él acaba el jugador prisionero del adversario, como un obrero de su cadena de montaje bajo los guayos”.
Cuando Albert Camus, pretendía que él debía al fútbol lo que sabía “lo mejor sobre la moral y las obligaciones de los hombres” no dudaba que en Buenos Aires algunas décadas más tarde, Carla, de 30 años, estudiante de historia e hincha del club Huracán, podría complementar “a través de una conversación sobre el juego, puedo detectar las ideas políticas de mi interlocutor tan seguramente que, hablando durante largas horas, sobre una cantidad de otros temas”, dime qué fútbol amas y te diré quién eres.
Una Semántica del Fútbol
El balón opone en efecto dos estilos, dos ideologías. Cada partido perpetúa la lucha de los realistas para quienes el fin justifica los medios, contra “los románticos”, defensores del juego limpio, y convencidos de la supremacía de la inteligencia sobre la fuerza. En otras partes, este debate concierne a algunos especialistas. Aquí apasionan las multitudes. Existe una semántica del fútbol.
La terminología de los estadios, también se instaló en el lenguaje de la calle. En Buenos Aires, nadie busca un balón, si se le dice “dame bola” (Dame la bola) o “deja de gambetearme”. Todo el mundo traduce sin problemas: “préstame atención” o “háblame francamente”.
Aquí, los políticos que no responden a las políticas pertinentes “tirana la pelota fuera” y, en algunos aspectos, cuando se da un éxito espectacular es definitivamente “un gol de media cancha”.
Lejos de ignorar el fútbol o de dividir los hombres de letras o los artistas latinoamericanos, lo aprecian y se interesan mucho. Gabriel García Márquez escribió en los años 50 artículos sobre el fútbol para El Heraldo, un diario de Barranquilla. El peruano Mario Vargas Llosa, cubrió como periodista la Copa del Mundo en 1982 en España. El paraguayo Augusto Roa Bastos publica sin sonrojarse cuentos sobre el balón, al igual que los uruguayos Mario Benedetti o Eduardo Galeano.
Oswaldo Soriano, su colega argentino, ofrecía deliciosas crónicas sobre la selección de fútbol argentino, para los lectores de diarios, Página Doce. “Humberto D’Archangelo, melancólico personaje de café, del escritor argentino Ernesto Sabatto, declamaba composiciones de los equipos como poemas”, recordaba el periodista colombiano Daniel Samper Pisano, quien agregaba: “Estoy seguro que quienes no se emocionan ante el relato en una composición de equipo célebre, no han descubierto del fútbol su secreta ternura de arte oculto, que no han extraído esa vena subterránea que produce la comunicación existencial con el juego del balón”.
Finalmente, el poeta brasileño Vinicius de Moraes, hincha del club Botafogo, un club de Rio, abandonó su carrera diplomática….porque fue privado del fútbol durante cinco años en Estados Unidos! Su compatriota, el cantante Chico Buarque invita a sus amigos intelectuales a jugar al fútbol en Rio, en un campo de su propiedad. Sobre una cartelera se leen en letras gigantes: “Prohibido a los visitantes hablar de cualquier tema que pueda distraer a los atletas”. Para Chico, el fútbol, a menudo acusado de distraer las gentes de los temas importantes, es mucho más interesante para que algún otro asunto merezca desviarlo.