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La “humanitud” o cómo saciar la sed de humanidad

Por Adama Samassékou

Se ha convertido en un lugar común decir que va mal, muy mal, este mundo nuestro al que atenaza una crisis multidimensional inacabable… De hecho, esta crisis revela una pérdida de sentido que se agrava con la tendencia a la uniformización de las culturas inducida por la veloz mundialización de los mercados, y nos conduce a una auténtica deshumanización de las relaciones entre las personas, los pueblos y los Estados. La desigualdad y la pobreza, a las que se añaden los problemas del medio ambiente, la energía, el crecimiento demográfico y el universo digital, agudizan el sentimiento generalizado de angustia existencial y falta de confianza en el futuro.

Basado en lo que yo llamo “cultura del poseer” o de la ganancia, el modelo de desarrollo más extendido hoy ha mostrado sus límites y la crisis actual confirma su quiebra. Este modelo es occidental y está en la raíz del eurocentrismo y el occidentalo-centrismo que caracterizan a las relaciones internacionales, tanto en el plano de los bienes materiales como en el de las producciones intelectuales. Por eso es imperativo un cambio de modelo que permita promover valores más vinculados a la “cultura del ser”.

Con esta perspectiva propuse hace varios años que se explorara la “humanitud”, un nuevo concepto acuñado por referencia a la noción de negritud, recibida en legado de mi mentor, el poeta martiniqués Aimé Césaire. Con este concepto de “humanitud” traduzco lo que en las lenguas africanas se denomina, entre otros, con los vocablos “maaya” (en idioma bambara), “neddaaku” (en fulfulde), “boroterey” (en songay), “nite” (en wolof) y “ubuntu” (en lenguas bantúes). Todos estos términos significan literalmente “la cualidad de ser humano”.

Unir al hombre con el hombre

En efecto, en las sociedades africanas el elemento central del desarrollo siempre ha sido el “ser “, antes que el “poseer”. Más globalmente, algunas sociedades no europeas se caracterizan por tener una cosmovisión en la que el “ser” es el elemento medular de todo el proceso de relación con el mundo. La característica de esa cosmovisión es la búsqueda permanente de relaciones no conflictivas y sosegadas que tienden a lograr no sólo el consenso con los demás seres humanos, sino también la armonía con el medio ambiente en el sentido más lato de la palabra. El Occidente también tuvo durante mucho tiempo esa misma concepción del mundo, antes de que se impusiera la dominación de una modernidad que quiere basarse en un fundamentalismo de los mercados, del materialismo y de la acumulación individualista.

La “humanitud” no es ni más ni menos que nuestra apertura permanente al Otro, una relación de ser humano a ser humano que exige una solidaridad constante y sin cálculos, así como un impulso espontáneo de acogida al prójimo… La “humanitud” permite –según la hermosa expresión de Aimé Césaire– “unir al hombre con el hombre” y constituye el fundamento de la cultura del “ser”, opuesta a la del “poseer” que induce relaciones permanentes de conflicto, adquisición, e incluso dominación.

En una notable intervención en el Coloquio “Ubuntu”(link is external) (Ginebra, Suiza, abril de 2003), mi maestro y amigo burkinés, el profesor Joseph Ki-Zerbo (1922-2006), afirmó resueltamente: “Lo esencial hoy […] es que en la agenda internacional y en las luchas sociales planetarias se dé la máxima prioridad al concepto, al tema, a la causa y al paradigma del ‘ubuntu’, como antídoto axial y específico de la mercantilización de todos y cada uno de los seres humanos generada por el neoliberalismo partidario de la sociedad de mercado”. En el texto “‘Ubuntu’ o el hombre como remedio del hombre”, publicado en su obra póstuma “Repères pour l’Afrique – Panafrika” [Puntos de referencia para África – “Panafrika”] (Silex/Nouvelles du Sud, Dakar, 2007), Joseph Ki-Zerbo precisa: “El ‘ubuntu’ puede ser el instrumento de mayor rendimiento en esta tarea primordial, pero sobre todo debe constituir el sentido y la finalidad de la paz. No se trata de caer en un culturalismo antropológico, pero frente a la apisonadora del pensamiento único es urgente desactivar los conflictos generados por la violencia estructural del statu quo”.

Con respecto a la quiebra de los modelos de desarrollo actuales, he llegado a la convicción de que se debe iniciar una reflexión para tratar de concebir un nuevo proyecto de sociedad basado precisamente en la “humanitud”.

Rehabilitar y refundar las ciencias humanas

El título de la CMH, “Desafíos y responsabilidades para un planeta en transición”, define claramente lo que está en juego en este evento. Según la UNESCO, los principales desafíos que afronta nuestro mundo en transición son los siguientes: el aumento de la población; la recomposición de los territorios; las corrientes migratorias; las limitaciones energéticas y medioambientales; la uniformización cultural en el contexto de la mundialización y el fenómeno contrario: la estructuración de nuevas identidades; y el advenimiento de la sociedad digital que con frecuencia induce la creación de una sociedad dual.

En semejante contexto dominado por la impresión de que se hallan en quiebra los modelos de desarrollo –y más concretamente el modelo neoliberal que parece imponerse a los pueblos del mundo–, es imperativo reexaminar la función de las ciencias humanas en el seno de nuestras sociedades contemporáneas. Esa función ha de tener en cuenta las especificidades y los recursos propios de cada cultura debidamente valorizados, por un lado, y las posibilidades de intercambio, diálogo y enriquecimiento mutuo entre las culturas, por otro lado.

Con la CMH se trata de poner en perspectiva una rehabilitación y refundación de las ciencias humanas, así como un cambio de modelo de desarrollo que permita reinventar un mundo basado en el respeto de su rica diversidad cultural y lingüística, un mundo en el que se sustituyan las relaciones conflictivas de competición por una auténtica solidaridad universal, que es el único medio susceptible de ayudarnos a afrontar los desafíos de la época de transición en que vivimos.

De lo que se trata, en definitiva, es de saciar la sed de humanidad de nuestro planeta viviendo nuestra “humanitud” y consagrándola.

Adama Samassékou (Malí) es Presidente de la Conferencia Mundial de Humanidades (CMH). Fue ministro de Educación Nacional de Malí y presidió el Comité Preparatorio de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información(link is external) que tuvo lugar en Ginebra en el periodo 2002-2003. También ha sido primer Secretario Ejecutivo de la Academia Africana de Lenguas (ACALAN/UA)(link is external), una institución especializada de la Unión Africana que tiene su sede en Bamako. Actualmente es Presidente honorario del Consejo Internacional de Filosofía y Ciencias Humanas (CIPSH), después de haber ejercido desde noviembre de 2008 hasta octubre de 2014 dos mandatos sucesivos en la presidencia de esta organización.
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