Las universidades no han sabido, o no se han preocupado por contarle a la sociedad qué hacen los profesores universitarios más allá de las aulas
Publicado originalmente en Heraldo de Aragón el 6 de junio de 2026
Ayer me encontré con un exalumno en el gimnasio. Me preguntó: “¿Qué, ya de vacaciones?” Le sonreí, le dije que bueno, que no exactamente. Pero mientras seguía pedaleando en la bicicleta estática, no dejé de pensar en esa pregunta que cada año, en estas fechas, me hacen muchas personas. Y en lo que hay detrás de ella.
No es una pregunta maliciosa. Es una pregunta honesta, que refleja lo que la mayoría de la gente sabe sobre lo que hacemos los profesores universitarios: que damos clases. Y cuando las clases terminan, pues ya está. Vacaciones.
Pero eso es solo una parte, y no la mayor, de nuestro trabajo.
Lo que se ve y lo que no se ve
La docencia es la cara visible de la universidad. Los estudiantes nos ven en el aula y la docencia es el único punto de contacto directo entre la universidad y la mayoría de la sociedad.
Pero un profesor universitario tiene, al menos, cuatro grandes responsabilidades, y la docencia es solo una de ellas.
La segunda es la investigación. Diseñar proyectos, obtener financiación competitiva, recoger datos, analizar resultados, escribir artículos científicos, someterlos a la revisión de otros expertos del campo, responder a sus críticas, publicarlos. Todo eso lleva meses o años. Y junio no es el mes en que se para: es el mes en que, liberados parcialmente del calendario lectivo, muchos profesores por fin tienen algo más de tiempo para avanzar en ello.
La tercera es la gestión. Las universidades son instituciones complejas que alguien tiene que dirigir y coordinar desde dentro: departamentos, facultades, institutos de investigación, grados, másteres, doctorados, comisiones de calidad, comités de selección, evaluaciones institucionales. Ese trabajo lo hacen, en su mayor parte, los propios profesores, compaginándolo con todo lo demás.
La cuarta es el servicio y la transferencia. Los investigadores universitarios evalúan los artículos científicos que otros investigadores envían a las revistas del campo, algo imprescindible para que la ciencia funcione. Evalúan proyectos de investigación para agencias públicas. Asesoran a empresas e instituciones. Participan en tribunales de otras universidades. Colaboran con el sector privado para que el conocimiento que se genera en los laboratorios y despachos acabe siendo útil fuera de ellos.
El mes de junio, concretamente
Junio es un buen ejemplo de por qué la pregunta del gimnasio me resulta tan difícil de responder en treinta segundos. Es el mes en que se acumulan las evaluaciones finales de grado, máster y doctorado; los trabajos fin de grado y fin de máster que hay que leer, corregir y defender en tribunal; las tesis doctorales en proceso que no se detienen porque acabe el calendario académico; los congresos científicos del verano para los que hay que preparar ponencias; los plazos de entrega de proyectos e informes de investigación. Y todo eso sucede a la vez.
Las vacaciones de verano tampoco detienen del todo la máquina. No es raro que un profesor universitario revise el correo antes o después de ir a la playa, mantenga una reunión con un doctorando que ha enviado un nuevo capítulo de su tesis, o dedique unos días a escribir un artículo que lleva meses esperando hueco en la agenda.
Un dato que sorprende
Según los datos más recientes del Observatorio IUNE, las universidades españolas fueron responsables de más del 80% de los trabajos de investigación publicados en España entre 2020 y 2023. Las universidades públicas concentran más del 95% de esa producción científica. Es decir, la ciencia que se hace en España se hace, abrumadoramente, en sus universidades. Y la hacen sus profesores.
No es una queja, es una necesidad
Todo esto lo desconoce la mayor parte de la población. Y en gran parte es culpa de la propia universidad: las universidades españolas no han sabido —o no se han preocupado suficientemente— contarle a la sociedad qué hacen más allá de las aulas.
Esto no es una queja. Hay profesiones más duras y más ingratas e invisibles que la de profesor universitario. Tampoco estoy diciendo que todos y cada uno de los profesores universitarios sean ejemplares. No escribo esto para dar pena ni para pedir reconocimiento.
Lo escribo porque creo que la sociedad debe saber en qué se gasta el dinero público y las matrículas que financian las universidades. Y porque ese conocimiento importa: cuando la ciudadanía no sabe lo que hacen sus instituciones, tampoco puede exigirles ni defenderlas cuando hace falta.
La próxima vez que alguien me pregunte si ya estoy de vacaciones, probablemente seguiré sonriendo y diciendo que bueno, que más o menos. Pero ojalá, con el tiempo, la pregunta vaya cambiando.
Javier Cebollada
cebollada@unavarra.es
Profesor de marketing en la Universidad Pública de Navarra
Publicado por ASPROUL. Información elaborada a partir del artículo de Javier Cebollada, disponible en: Substack de Javier Cebollada