ASPROUL

 Si Jamil Salmi dice que al sistema de educación superior colombiano le falta visión, coherencia, planeación, articulación y gestión, el gobierno y los actores claves del sector deben escucharlo seriamente.

Nació en Marruecos, vive en Colombia, fue coordinador de Educación Superior del Banco Mundial, recorre varios continentes asesorando universidades y gobiernos, tiene una amplia producción documental sobre los retos universitarios, fue coautor del último gran informe sobre la evaluación de políticas nacional de educación superior en Colombia -de la OCDE y el Banco Mundial- y es, tal vez, una de las voces más autorizada para identificar las potencialidades y limitaciones que nuestro sistema de educación superior tiene con respecto a los demás sistemas del mundo.

Con un tono prudente, pero con el conocimiento que le ha dado recorrer cerca de 100 sistemas de educación superior, de todos los niveles de desarrollo, Salmi (economista con doctorado de la Universidad de Sussex) compartió con El Observatorio de la Universidad Colombiana su diagnóstico de cómo ve la educación superior del país, desde una mirada global, más allá del actual gobierno.

Como producto de un diálogo sobre su visión de la educación superior en Colombia, el diagnóstico de Salmi permite listar 7 problemas, desafíos, limitaciones o pecados que, desde el Estado y los actores claves en el diseño de política pública sectorial, se pueden identificar como los más determinantes para entender por qué Colombia no aparece entre los primeros sistemas de educación superior del mundo (en lo que él reseña, tal parece que Colombia ni siquiera aparece entre los 50 primeros).

1) Ausencia de visión de largo plazo de Colombia como país para reconocer el valor estratégico de la educación en un mundo que va hacia la economía del conocimiento, la transición digital y la transición verde (para adaptarnos al cambio climático). Si bien, señala, este no es un problema solo de Colombia sino de la mayoría de los países de América Latina, esto adquiere mayor preocupación, porque se traduce en que, como país, no se tiene protagonismo alguno en la sociedad del conocimiento a nivel mundial.

Sugiere que a Colombia se la aplica la sentencia de Séneca:  “Cuando no sabes hacia donde navegas…, ningún viento es favorable”.

2) Falta de sentido de urgencia, en referencia a la lentitud, o escasa capacidad de reacción del sistema frente a un mundo que se va transformando rápidamente y que necesita de las universidades para atender oportunamente las nuevas realidades y los nuevos desafíos, como los digitales o las consecuencias del cambio climático. Trata de entender, por ejemplo, cómo es que Colombia ha sido lenta para reaccionar a los impactos de la inteligencia artificial y las oportunidades, notando que por ejemplo Chat GPT apareció hace ya más de un año.

3) Indecisión y no voluntad para actuar con celeridad. Para Salmi, la indecisión (política – técnica) no ayuda a avanzar. Se pregunta, cómo es posible que después de tanto tiempo se siga hablando, una y otra vez, de una reforma a la Ley 30 de 1992, y el país no ha sido capaz de avanzar en ello en más de treinta años. Si existe el diagnóstico de que hay que cambiarla, ¿por qué no se ha hecho?

4) Desestimación de lo positivo del sistema colombiano. Para Salmi, Colombia no tiene memoria ni orgullo de lo bueno que tiene. Concretamente, destaca tres grandes desarrollos innovadores de política pública que, tristemente, se valoran más fuera del país que adentro:

a) El concepto del crédito educativo, impulsado por Icetex como la primera institución del mundo en ofrecer esta modalidad de apoyo a los estudiantes con bajos recursos, y que considera el mejor mecanismo para la sostenibilidad financiera de largo plazo de un sistema de educación superior equitativo y de calidad, donde el profesional egresado de la universidad contribuye al financiamiento del joven estudiante empezando la universidad.

b) Las Pruebas Saber en sus diversos niveles y la posibilidad de realizar mediciones de valor agregado a nivel de cada universidad para darle mejor información a los nuevos estudiantes.

c) El Observatorio Laboral de la Educación Superior (lamentablemente, casi que desaparecido), cuya información sobre los resultados de empleo de los egresados es tan útil para las familias, los futuros estudiantes y los empleadores.

5) Desenfoque en la política de gratuidad. Salmi sugiere que, salvo que Colombia tenga la abundancia de la economía del petróleo de Arabia o los recursos de Suecia o Singapur, para dar gratuidad plena, ésta debe ser debidamente orientada. Ha sido, de tiempo atrás, crítico de la gratuidad universal, no sólo por los impactos fiscales, sino porque esto no es plena garantía de equidad. La verdadera gratuidad, indica, es aquella en la que todos pagan, menos los pobres y, mucho menos, subsidia a los ricos.

Advierte cómo, paradójicamente, la propia gratuidad universal, defendida por la izquierda en el mundo, fue cuestionada por Karl Marx y Frederic Engels (desde 1875) cuando, al criticar gratuidad en Estados Unidos, advertían que sufragar el costo de la educación superior de las clases altas termina sacrificando los ingresos generales de la nación para subsidiar a los más ricos.

Igualmente se pregunta, con respecto a la situación de los estudiantes de estratos bajos que están matriculados en las IES privadas, si “¿no son acaso colombianos?. Entonces, ¿por qué los dejan por fuera de los beneficios de gratuidad, en este momento?”.

Y extiende el razonamiento a las enormes diferencias que hay en las transferencias de recursos del Estado a universidades e IES públicas que no son universidades. “¿Estos muchachos -los de las IES no universidades -dice –no son colombianos acaso?”.

6) No hay continuidad en las políticas públicas: Salmi se sorprende de cómo Colombia da giros de política pública sin sentido, y ni siquiera coherencia ideológica. Señala, por ejemplo, cómo si un país históricamente ha ampliado la cobertura con ambas IES, públicas y privadas (incluso apoyándolas con Icetex), por qué de un día a otro le da la espalda a las IES privadas; y cómo mientras que el presidente Duque (de derecha) impulsó la gratuidad para los estratos bajo (Matrícula Cero), el presidente Petro (de izquierda) extiende la gratuidad a todos los estratos, incluidos los ricos.

“No se construye país desconociendo las políticas de anteriores gobiernos”. Y cuestiona que se tomen decisiones de carácter político más que de justicia social: “prometer 500 mil nuevos cupos  es noble e importante para ampliar la cobertura, pero si no se moviliza la plata para ejecutarlo, se queda a nivel de buena intención”.

7) Universidades con mirada local y no mundial. Si Colombia quiere tener mayor visibilidad y protagonismo en el contexto internacional de la educación superior, tiene que potenciar sus universidades con más dinero, más calidad, mejor recurso humano, gobernanza más moderna y, sobre todo, con una mirada global.

Eso significa que las universidades aporten al país para trabajar investigaciones y desarrollos científicos con gran impacto en el mundo. “¿Qué grandes innovaciones tiene Colombia?”, se pregunta, y él mismo se responde. “Si voy a otro país ¿de qué me van a hablar de Colombia, diferente a droga, futbol o Shakira?”. Y continúa, “Sé que, por ejemplo, la Universidad de Antioquia ha hecho muy buenos trabajos en salud pública, y esto debe potenciarse. La no definición de sectores estratégicos para potenciar como país, es un problema de falta de visión y de liderazgo de los rectores”.

Y eso, sugiere, sólo es posible con universidades con proyección de clase mundial (flagship). Y si bien Colombia tiene algunas con reconocimiento internacional, ello no las hace de clase mundial…. 

“Como gobierno yo le pondría más plata, prioridad y exigencia a la Universidad Nacional de Colombia, para que tenga un mayor impacto y reconocimiento en la vida y el desarrollo del país”, dice.

¿Qué políticas públicas deben priorizarse para reconducir el sistema de educación superior?

1) Tomar más seriamente la educación primaria y secundaria, porque ahí empieza todo.  Si el gobierno quiere potenciar lo público, entonces cómo entender que los primeros colegios en Saber 11, si bien no son de Bogotá, son privados. Se necesita una educación pública fuerte con plata y buenos maestros, y

2) Hay que simplificar los procesos de gobernabilidad y estructura del sistema de educación superior. Son complicados, paquidérmicos y no funcionan bien. Las tipologías institucionales y de programas son difíciles de entender. “Llevo 20 años trabajando con Colombia y todavía no entiendo la diferencia entre un técnico y un tecnológico… todo es complicado y lento… falta flexibilidad, agilidad, apertura, cambiar las cosas que no funcionan, no hacerlas más complicadas… se requiere una gobernanza ágil. ¿Cómo puede transformarse la Universidad Nacional de Colombia con una visión y un plan de largo plazo cuando se termina el mandato del rector a los tres años?”.

Finalmente, un consejo que daría al sistema: “Que trabajen juntos: universidades públicas con privadas, universidades con institutos técnicos, instituciones de educación superior con el sector productivo y las municipalidades, etc… La competencia de la Universidad de Los Andes no es la Universidad Nacional, ni viceversa. La competencia deben verla en Corea, en Hong Kong, en Dinamarca, en Chile, en la UNAM, en el Tec. de Monterrye, en la UBA…”

Fuente: Observatorio de la Universidad Colombiana.

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