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A propósito del fin de las universidades: Paulo Falcon 

Falcon, miembro del Consejo de Gobierno de Unesco-Iesalc, responde a cómo debe ser el nuevo rol de la universidad en un entorno en el que muchos profetizan su supuesta desaparición. 

Desde hace tiempo, al calor del avance de la educación virtual y de la impronta corporativa en la formación, se escucharon voces, anticipando un triste futuro a lo que conocemos por universidades.

Ante esto, me parece importante decir que desde 1088, con la fundación de Bologna, la idea de universidad se irradia a todo Occidente, lo que no implica desconocer la existencia de centros de alto conocimiento de modo previo en Oriente e incluso en América. La universidad fue y es una comunidad convocada en torno al conocimiento, para generarlo, enseñarlo, aprenderlo o volcarlo a la sociedad; estos aspectos, conjugados entre sí dieron cuenta de los diversos modelos universitarios.

Es así como la comunidad de todos los que estudian, surgida de estudiantes en Bologna, tuvo como complemento la comunidad de profesores que dio lugar a la Universidad de París; Von Humboldt construyó una universidad con el foco puesto en la investigación, en cambio Napoleón promovió una universidad ligada al Estado y la formación de su burocracia; mientras que en el mundo anglosajón el impulso de la sociedad civil promovió un modelo anclado en las fuerzas vivas y productivas de cada lugar. Nuestra reforma universitaria de 1918 generó el modelo latinoamericano, caracterizado por la inserción de lo social como función esencial y la democracia como plataforma para las libertades e igualdades, en un marco de autonomía.

Estos modelos muestran interpelaciones y respuestas a su tiempo. Hoy los sistemas universitarios conjugan buena parte de todos, potenciando sus similitudes, pero a su vez favoreciendo la diversidad institucional.

Por lo que no es posible hablar de universidad en singular, necesariamente debemos hacerlo en plural, cada una cuenta con una manera propia de relacionarse con la sociedad, el Estado, el mundo y sus problemas promover la búsqueda de respuestas a los desafíos contemporáneos.

Lejos de considerar la extremaunción de las universidades, debemos ver en estas entidades a comunidades que deben –pese a cierta tendencia conservadora– estar continuamente en progreso, fruto del propio conocimiento que ellas generan y que va impactando en la sociedad, el Estado y los modos de producción y organización del trabajo, así como los cambios sociales que influyen en lo universitario, tal cual viene sucediendo hace casi mil años.

Esto no implica dejar de observar necesarios cambios que la educación requiere, ni tampoco aceptar sin reparos críticas provenientes desde sectores interesados en pujar por la formación de jóvenes, recalificación de trabajadores, construcción de bienes y verdades.

Las demandas de inclusión real, calidad acreditable, mejor democracia universitaria, transparencia, eliminación de techos de cristal y prevención de violencias, innovación didáctica y pedagógica, incorporación de tecnologías, reformas curriculares que potencien la flexibilidad y la educación centrada en el estudiante y una relación inteligente con el medio, las profesiones y el futuro, la ciencia abierta y responsabilidad social, son una parte de los desafíos a atender por parte de las universidades.

Los demás desafíos son más profundos: cómo en pleno siglo XXI las universidades siguen siendo fuente de bien, verdad, belleza y pensamiento crítico en una sociedad que precisa de espacios de resguardo de un bien público como es la educación superior.

Las empresas que valoran mejor sus enseñanzas que las que brinda una universidad tienen sus propios intereses, así que sus opiniones no pueden ser tomadas ingenuamente. En cambio, las universidades cuentan con una misión social diferente como parte de sistemas educativos.

La nueva universidad se construye con menos hipótesis pirotécnicas y más tesis, más trabajo riguroso y verificable encaminado a la certeza y a las transformaciones universitarias que sirvan a todos y no a intereses particulares.

Fuente: Observatorio de la Universidad Colombiana

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